Este militar, revolucionario, gobernante francés, general republicano durante la Revolución y el Directorio, artífice del golpe de Estado del 18 de Brumario que se convirtió en Primer Cónsul de la República, en Emperador de los franceses en Rey de Italia, adquirió el control de casi toda Europa Occidental y Central mediante una serie de conquistas y alianzas, y sólo tras su derrota en la Batalla de las Naciones, cerca de Leipzig, se vio obligado a abdicar y fue preso en la Isla de Elba, de la cual huyo unos meses más tarde. Regresó a Francia y al poder durante el breve período llamado los Cien Días y fue finalmente derrotado en la Batalla de Waterloo en Bélgica, siendo desterrado por los ingleses a la isla de Santa Elena que debido a su lejanía e inaccesibilidad, sirvió como prisión, en donde hasta hoy permanece.
Recordemos que el Imperio napoleónico alcanzo una gran extensión territorial. Gran Bretaña, sometida a un bloqueo continental, es inexpugnable debido a su predominio en el mar. Europa se polariza entre Francia y Rusia. Decidido a imponer los acuerdos de Tilsit manu militari, Napoleón invade Rusia, los rusos juegan una partida de ajedrez genial, se defienden mediante la estrategia de la tierra quemada, rehuyen el combate directo, sólo se enfrentan a Napoleón en Borodino, y destruyen todo lo que pudiera ser aprovechable por el ejército francés. Napoleón entra en un Moscú abandonado y quemado por sus propios habitantes. Las dificultades de abastecimiento y la llegada del invierno obligan a los franceses a retirarse de Rusia en Octubre. A partir de ahí, el acoso de la caballería cosaca, las penalidades del invierno y, sobre todo, el desastre del paso del río Berezina en Noviembre diezman a la Grand Armée que, en Diciembre, llega de vuelta a la frontera prusiana. Napoleón burla el cerco ruso pero en el camino han quedado más de 500.000 hombres. El corso no sabe que le espera una prisión llamada la isla de Elba. Su nombre significa Puerto de hierro, en alusión al tan preciado hierro que los etruscos hallaron en numerosos depósitos y que les permitían ejercer su dominio sobre Italia.
La isla Santa Elena.
Entre tres o cuatro millas del espacio de un pequeño pueblo: James Town y después de haber subido un estrecho y tortuoso camino rodeado de barrancos y precipicios, se llega a una pequeña planicie de una milla y cuarto de longitud aproximadamente, terminada por un espantoso peñón suspendido en una considerable elevación sobre el nivel del mar. Más o menos en medio de esta planicie está situado Longwood, que sirve a Napoleón de casa prisión , posee unas 23 habitaciones, su aspecto es de suciedad, de abandono, se siente inhóspita. Está rodeada en cada extremidad por centinelas relevados regularmente. A una media milla de de esta, se encuentra otracasa pequeña en donde un oficial de guardia se haya estacionado, Ningún individuo pasa sin una orden por escrito. El otro frente de la casa está a unos tres cuartos de milla del peñón antes descrito. En uno de sus lados, hay un barranco impracticable; en el otro, una montaña inaccesible. El espacio comprendido entre estos límites es todo lo que le es asignado a los movimientos De este prisionero de Ingaterra, en la Isla de Santa Elena.
El camino de James Town es el único hacia este valle, ciertamente no muy feliz, pero sobre toda la ruta se hallan piquetes y centinelas de distancia en distancia. Tanta seguridad hay en la mar igualmente. Las disposiciones relativas a la vía marítima son tomadas con tanto cuidado que hacen imposible el escape del prisionero. Ningún navío puede acercarse a la isla sin ser visto por un barco inglés o por los numerosos puestos de señalización que corresponden entre ellos a lo largo de toda la extensión de la isla.
Por fin después de una odisea me encuentro ante la mirada de Napoleón que me escudriña, él deja su libro y me extiende la mano. Bonaparte se mira muy enfermo. Según me cuenta se despierta a las once de la mañana y se vuelve a costar a las dos. Con voz pausada me dice me están haciendo morir de una forma cobarde. El Emperador parece extremadamente fatigado, su fisonomía expresa el abatimiento, sus ojos están hundidos, lívidos, casi apagados.
Bonaparte ha sido considerado por algunos un monarca iluminado debido a su extraordinario talento y capacidad de trabajo y por otros como un dictador. Sus soldados le llamaban el Pequeño Cabo -Le Petit Caporal- en virtud de su camaradería con la tropa. Los ingleses se referían a él con el despectivo Boney y las monarquías europeas como el tirano Bonaparte, el Ogro de Ajaccio o el Usurpador Universal.
El culto a Napoleón, lo inicio el propio Bonaparte Lo fomentó durante su primera campaña divulgando sus victorias de forma sistemática. Como primer cónsul y emperador encargó la realización de obras hagiográficas a los mejores escritores y artistas de Europa y favoreció esta idolatría mediante la celebración de ceremonias conmemorativas de su gobierno en las que aparecía como el artífice de la época más gloriosa de Francia; solía decir que había conservado las conquistas de la Revolución Francesa y ofrecido sus beneficios a toda Europa en un intento de fundar una federación europea de pueblos libres.
El Código Napoleónico se implantó en todos los Estados creados por el Emperador. Se abolieron el feudalismo y la servidumbre y se estableció la libertad de culto. Le fue otorgada a cada Estado una constitución en la que se concedía el sufragio universal masculino y una declaración de derechos y la creación de un parlamento; fue instaurado el sistema administrativo y judicial francés; las escuelas quedaron supeditadas a una administración centralizada y se amplió el sistema educativo.
El sistema educativo fue libre de manera que cualquier ciudadano pudiera acceder a la enseñanza secundaria sin que se tuviera en cuenta su clase social religión. Cada Estado disponía de una academia o instituto destinado a la promoción de las artes y las ciencias, al tiempo que se financiaba el trabajo de los investigadores, principalmente el de los científicos. La creación de gobiernos constitucionales siguió siendo sólo una promesa, pero el progreso y eficacia de la gestión fueron un logro real.
Napoleón escapa de la isla de Elba aprovechando el descuido de la guardia francesa y británica, embarcó en Portoferraio con unos 600 hombres, y desembarcó en Golfe-Juan, cerca de Antibes. Napoleón: Su ejército se enfrentaba a las tropas enviadas por el rey para detenerle; los hombres de cada bando formaban en líneas y se preparaban para disparar. Antes de iniciarse el fuego, Napoleón caminó hacia el centro de ambas fuerzas, encarando a los hombres del rey y abriendo su pechera mientras decía: “Si alguno de vosotros es capaz de dispararle a su emperador, hacedlo ahora!” Poco más tarde, todos los hombres se unían a su causa.
Recibió en todas partes una bienvenida que atestiguaba el poder de atracción de su personalidad en contraste con la nulidad de la del Borbón. Sin disparar un solo tiro en su defensa, su pequeña tropa fue creciendo hasta convertirse en un ejército. Ney, quien había dicho de Napoleón que debía ser llevado a París en una jaula de hierro, se unió a él con 6.000 hombres . Cinco días más tarde, Napoleón el Emperador entraba en la capital, de donde Luis XVIII acababa de fugarse El Emperador y promulga una nueva Constitución más democrática. Los veteranos de las anteriores campañas acudieron a su llamada, comenzando de nuevo el enfrentamiento contra los aliados. El resultado fue la campaña de Bélgica, que concluyó con la derrota en la batalla de Waterloo En París las multitudes le imploraban que continuara la lucha pero los políticos le retiraron su apoyo, por lo que abdicó en favor de su hijo, Napoleón II. Marchó a Rochefort donde capituló ante el capitán del buque británico Bellerophon.
En medio de los bailes, de los galanteos cortesanos, de intrigas y discusiones del Congreso de Viena suena como un cañonazo la noticia de que Napoleón, el desterrado en la isla de Elba, había huido de allí y se encontraba en Francia. Uno tras otro van llegando los mensajes: ha conquistado Lyón, y expulsado al Rey; fanáticamente van las tropas a su encuentro; ya está otra vez en París, en las Tullerías. Han sido inútiles Leipzig y los veinte años de guerras homicidas. Asustados, los intrigantes ministros ya no pueden discutir. Se apresuran a ponerse de acuerdo en aquel momento de peligro para todos. Se organiza rápidamente el ejército inglés, el austríaco, el prusiano y el ruso, cuyo único objetivo es destruir definitivamente el poder del usurpador: jamás estuvo Europa tan unida como en aquellos momentos de pánico. Desde el Norte se dirige Wellington contra Francia; Blücher, con su ejército prusiano, se acerca para ayudarle; Schwarzenberg toma posiciones en el Rin, y los pesados y lentos regimientos rusos, formando las reservas, pasan por Alemania. Le basta a Napoleón una sola mirada para darse cuenta del peligro mortal que le acecha. Sabe que no puede perder tiempo, que no debe esperar a que sus enemigos se reúnan. Es preciso dividirlos, atacarlos por separado, a los prusianos, a los ingleses, a los austríacos, antes de que se conviertan en homogéneo ejército europeo y produzcan el hundimiento dé su Imperio. Ha de apresurarse; en su propio país, los enemigos se despiertan. Debe vencer antes de que los republicanos cobren más fuerza y se unan a los realistas, antes de que el hipócrita y enigmático Fouché, de acuerdo con Talleyrand, émulo suyo, destruya a su espalda la victoria. En un impulso trascendental debe aprovechar el delirante entusiasmo de sus tropas para arremeter contra el enemigo.
Cada día significa una pérdida, en cada hora se oculta un peligro. Por eso no vacila en tirar los dados sobre el campo de batalla más ensangrentado de Europa: Bélgica. El 15 de junio, a las tres de la madrugada, la vanguardia del grande y único ejército de Napoleón pasa la frontera. El 16, la emprenden ya contra los prusianos y los hacen retroceder. Es el primer zarpazo del león que se siente en libertad, zarpazo terrible pero no mortal. Vencido pero no aniquilado, el ejército prusiano se retira hacia Bruselas.
Retrocede Napoleón para asestar el segundo golpe contra Wellington. No tiene tiempo de tomar aliento; cada día que pasa supone un refuerzo para el enemigo. Además, detrás de él está el pueblo francés, cuyo ánimo necesita mantener con victoriosos partes de guerra. El 17, todavía marcha con todo su ejército hasta las alturas de Quatre-Bras, donde Wellington, el frío enemigo de nervios de acero, se ha atrincherado. Jamás fueron las disposiciones de Napoleón más meditadas, más claras sus órdenes como en aquel día; no sólo piensa en el ataque, sino que prevé también sus peligros, y no se le pasa por alto la posibilidad de que el ejército de Blücher, que aunque derrotado no estaba deshecho, pueda unirse al de Wellington. Para impedir esto destaca una parte de su ejército con la misión de que, paso a paso, vaya alejando a las huestes prusianas e impida su unión con los ingleses.
Napoleón confía al mariscal Grouchy por primera vez una acción independiente Mientras el mismo Emperador ataca a los ingleses, corresponde a Grouchy perseguir con un tercio del ejército a los prusíanos. Grouchy se despide en medio de una lluvia torrencial. Después, lentamente, hundiendo los pies en el fango, avanzan sus soldados tras las huellas prusianas, o al menos en la dirección que suponen ha tomado Blücher
Recibió en todas partes una bienvenida que atestiguaba el poder de atracción de su personalidad en contraste con la nulidad de la del Borbón. Sin disparar un solo tiro en su defensa, su pequeña tropa fue creciendo hasta convertirse en un ejército. Ney, quien había dicho de Napoleón que debía ser llevado a París en una jaula de hierro, se unió a él con 6.000 hombres . Cinco días más tarde, Napoleón el Emperador entraba en la capital, de donde Luis XVIII acababa de fugarse El Emperador y promulga una nueva Constitución más democrática. Los veteranos de las anteriores campañas acudieron a su llamada, comenzando de nuevo el enfrentamiento contra los aliados. El resultado fue la campaña de Bélgica, que concluyó con la derrota en la batalla de Waterloo En París las multitudes le imploraban que continuara la lucha pero los políticos le retiraron su apoyo, por lo que abdicó en favor de su hijo, Napoleón II. Marchó a Rochefort donde capituló ante el capitán del buque británico Bellerophon.
En medio de los bailes, de los galanteos cortesanos, de intrigas y discusiones del Congreso de Viena suena como un cañonazo la noticia de que Napoleón, el desterrado en la isla de Elba, había huido de allí y se encontraba en Francia. Uno tras otro van llegando los mensajes: ha conquistado Lyón, y expulsado al Rey; fanáticamente van las tropas a su encuentro; ya está otra vez en París, en las Tullerías. Han sido inútiles Leipzig y los veinte años de guerras homicidas. Asustados, los intrigantes ministros ya no pueden discutir. Se apresuran a ponerse de acuerdo en aquel momento de peligro para todos. Se organiza rápidamente el ejército inglés, el austríaco, el prusiano y el ruso, cuyo único objetivo es destruir definitivamente el poder del usurpador: jamás estuvo Europa tan unida como en aquellos momentos de pánico. Desde el Norte se dirige Wellington contra Francia; Blücher, con su ejército prusiano, se acerca para ayudarle; Schwarzenberg toma posiciones en el Rin, y los pesados y lentos regimientos rusos, formando las reservas, pasan por Alemania. Le basta a Napoleón una sola mirada para darse cuenta del peligro mortal que le acecha. Sabe que no puede perder tiempo, que no debe esperar a que sus enemigos se reúnan. Es preciso dividirlos, atacarlos por separado, a los prusianos, a los ingleses, a los austríacos, antes de que se conviertan en homogéneo ejército europeo y produzcan el hundimiento dé su Imperio. Ha de apresurarse; en su propio país, los enemigos se despiertan. Debe vencer antes de que los republicanos cobren más fuerza y se unan a los realistas, antes de que el hipócrita y enigmático Fouché, de acuerdo con Talleyrand, émulo suyo, destruya a su espalda la victoria. En un impulso trascendental debe aprovechar el delirante entusiasmo de sus tropas para arremeter contra el enemigo.
Cada día significa una pérdida, en cada hora se oculta un peligro. Por eso no vacila en tirar los dados sobre el campo de batalla más ensangrentado de Europa: Bélgica. El 15 de junio, a las tres de la madrugada, la vanguardia del grande y único ejército de Napoleón pasa la frontera. El 16, la emprenden ya contra los prusianos y los hacen retroceder. Es el primer zarpazo del león que se siente en libertad, zarpazo terrible pero no mortal. Vencido pero no aniquilado, el ejército prusiano se retira hacia Bruselas.
Retrocede Napoleón para asestar el segundo golpe contra Wellington. No tiene tiempo de tomar aliento; cada día que pasa supone un refuerzo para el enemigo. Además, detrás de él está el pueblo francés, cuyo ánimo necesita mantener con victoriosos partes de guerra. El 17, todavía marcha con todo su ejército hasta las alturas de Quatre-Bras, donde Wellington, el frío enemigo de nervios de acero, se ha atrincherado. Jamás fueron las disposiciones de Napoleón más meditadas, más claras sus órdenes como en aquel día; no sólo piensa en el ataque, sino que prevé también sus peligros, y no se le pasa por alto la posibilidad de que el ejército de Blücher, que aunque derrotado no estaba deshecho, pueda unirse al de Wellington. Para impedir esto destaca una parte de su ejército con la misión de que, paso a paso, vaya alejando a las huestes prusianas e impida su unión con los ingleses.
Napoleón confía al mariscal Grouchy por primera vez una acción independiente Mientras el mismo Emperador ataca a los ingleses, corresponde a Grouchy perseguir con un tercio del ejército a los prusíanos. Grouchy se despide en medio de una lluvia torrencial. Después, lentamente, hundiendo los pies en el fango, avanzan sus soldados tras las huellas prusianas, o al menos en la dirección que suponen ha tomado Blücher
Continúa cayendo una lluvia nórdica. Como rebaño empapado de agua marchan en la oscuridad los regimientos de Napoleón. El barro dificulta el paso. No hay donde cobijarse, ni techo ni casa alguna. La paja está demasiado mojada para echarse en ella. Los soldados se reúnen en grupos y duermen sentados, espalda con espalda, bajo la despiadada lluvia. El Emperador mismo no descansa; está dominado por un nerviosismo febril, pues los reconocimientos fracasan debido al mal tiempo; los informes de los exploradores son muy confusos. Ignora si Wellington se dispone a atacar y no tiene la menor noticia de Grouchy acerca de los prusianos.
A la una de la madrugada, despreciando la lluvia, que sigue cayendo torrencialmente, el Emperador sale a recorrer las avanzadas. En la lejanía, a un tiro de cañón, se distingue, a través de la niebla, el amortiguado resplandor de las luces del campamento inglés. Al despuntar el alba vuelve a su pequeña cabaña de Caillou, su modesto cuartel general, donde encuentra los primeros partes de Grouchy. Son noticias poco claras respecto a la retirada de los prusianos, pero con la promesa tranquilizadora de que continuarán siendo perseguidos. Poco a poco va cesando la lluvia.
A las cinco de la mañana deja de llover. Se disipan también los nubarrones de la duda. Circula la orden para que, a las ocho, todo el ejército esté dispuesto para entrar combate. Redoblan los tambores, y los enlaces a caballo galopan en todas direcciones. Napoleón se echa entonces en lecho de campaña para dormir un par de horas.
Cuatrocientos cañones truenan por ambas partes desde la mañana. La planicie se estremece al choque de la caballería con las tropas adversarias, que lanzan torrentes de fuego al redoble enardecedor de los tambores. Pero arriba, en lo alto de ambas colinas, los dos caudillos permanecen impasibles ante el ruido de aquella terrible tempestad humana. Wellington sabe que Blücher está cerca. Napoleón espera a Grouchy. Ninguno de los dos cuenta con más fuerzas de reserva. Las que lleguen antes decidirán la victoria. Junto al bosque empieza a distinguirse la polvorienta nube de la vanguardia prusiana. Napoleón y Wellington están pendientes de aquel enigma. ¿Se trata sólo de algunos destacamentos? ¿Es el grueso del ejército que ha escapado de Grouchy?
Los ingleses resisten con sus últimas fuerzas, pero también los franceses están exhaustos. Los dos ejércitos, jadeantes, permanecen frente a frente; como dos luchadores dejan caer ya los debilitados brazos y contienen la respiración antes de acometerse por última vez.
Por fin retumban los cañones por el flanco de los prusianos, se vislumbran destacamentos, se oye el ruido de la fusilaría. «¡Por fin llega Grouchy!», suspira Napoleón. Confiando en que tiene el flanco asegurado, reúne a sus hombres y se lanza otra vez contra el centro de Wellington, para romper el anillo inglés que guarda Bruselas y hacer volar la puerta de Europa.
No, no es Grouchy quien se acerca con sus tropas, sino Blücher, y con él la fatalidad. La noticia se difunde rápidamente entre las tropas imperiales, y empiezan a replegarse, pero conservando el orden todavía. Wellington, que comprende en seguida la crítica situación del adversario, galopa hasta la falda de la colina tan eficazmente defendida y agita el sombrero sobre su cabeza, señalando al enemigo que retrocede. Aquel gesto de triunfo es comprendido por sus hombres y, en un supremo esfuerzo, se lanzan contra la desmoralizada masa. Simultáneamente, la caballería prusiana ataca por el flanco al destrozado ejército, y se oye el grito demoledor de «¡Sálvese quien pueda!» En pocos minutos, el gran ejército, como un incontenible torrente, impelido por el terror, arrastra incluso a Napoleón. La caballería enemiga penetra en aquel torrente convertido ya en agua mansa e inofensiva para ella, donde pesca fácilmente el coche del caudillo francés, los valores del ejército, toda la artillería abandonada en aquella espuma de angustia y desesperación. El Emperador puede salvar la vida y la libertad sólo al amparo de la noche. Pero aquel hombre que, sucio, desconcertado, medio muerto de fatiga, se deja caer del caballo a la puerta de una miserable posada, ya no es un emperador. Su imperio, su dinastía, su suerte, se han desvanecido. La falta de decisión de un hombre mediocre ha derrumbado el magnífico edificio que construyera en veinte años el más audaz y genial de los mortales.
A la una de la madrugada, despreciando la lluvia, que sigue cayendo torrencialmente, el Emperador sale a recorrer las avanzadas. En la lejanía, a un tiro de cañón, se distingue, a través de la niebla, el amortiguado resplandor de las luces del campamento inglés. Al despuntar el alba vuelve a su pequeña cabaña de Caillou, su modesto cuartel general, donde encuentra los primeros partes de Grouchy. Son noticias poco claras respecto a la retirada de los prusianos, pero con la promesa tranquilizadora de que continuarán siendo perseguidos. Poco a poco va cesando la lluvia.
A las cinco de la mañana deja de llover. Se disipan también los nubarrones de la duda. Circula la orden para que, a las ocho, todo el ejército esté dispuesto para entrar combate. Redoblan los tambores, y los enlaces a caballo galopan en todas direcciones. Napoleón se echa entonces en lecho de campaña para dormir un par de horas.
Cuatrocientos cañones truenan por ambas partes desde la mañana. La planicie se estremece al choque de la caballería con las tropas adversarias, que lanzan torrentes de fuego al redoble enardecedor de los tambores. Pero arriba, en lo alto de ambas colinas, los dos caudillos permanecen impasibles ante el ruido de aquella terrible tempestad humana. Wellington sabe que Blücher está cerca. Napoleón espera a Grouchy. Ninguno de los dos cuenta con más fuerzas de reserva. Las que lleguen antes decidirán la victoria. Junto al bosque empieza a distinguirse la polvorienta nube de la vanguardia prusiana. Napoleón y Wellington están pendientes de aquel enigma. ¿Se trata sólo de algunos destacamentos? ¿Es el grueso del ejército que ha escapado de Grouchy?
Los ingleses resisten con sus últimas fuerzas, pero también los franceses están exhaustos. Los dos ejércitos, jadeantes, permanecen frente a frente; como dos luchadores dejan caer ya los debilitados brazos y contienen la respiración antes de acometerse por última vez.
Por fin retumban los cañones por el flanco de los prusianos, se vislumbran destacamentos, se oye el ruido de la fusilaría. «¡Por fin llega Grouchy!», suspira Napoleón. Confiando en que tiene el flanco asegurado, reúne a sus hombres y se lanza otra vez contra el centro de Wellington, para romper el anillo inglés que guarda Bruselas y hacer volar la puerta de Europa.
No, no es Grouchy quien se acerca con sus tropas, sino Blücher, y con él la fatalidad. La noticia se difunde rápidamente entre las tropas imperiales, y empiezan a replegarse, pero conservando el orden todavía. Wellington, que comprende en seguida la crítica situación del adversario, galopa hasta la falda de la colina tan eficazmente defendida y agita el sombrero sobre su cabeza, señalando al enemigo que retrocede. Aquel gesto de triunfo es comprendido por sus hombres y, en un supremo esfuerzo, se lanzan contra la desmoralizada masa. Simultáneamente, la caballería prusiana ataca por el flanco al destrozado ejército, y se oye el grito demoledor de «¡Sálvese quien pueda!» En pocos minutos, el gran ejército, como un incontenible torrente, impelido por el terror, arrastra incluso a Napoleón. La caballería enemiga penetra en aquel torrente convertido ya en agua mansa e inofensiva para ella, donde pesca fácilmente el coche del caudillo francés, los valores del ejército, toda la artillería abandonada en aquella espuma de angustia y desesperación. El Emperador puede salvar la vida y la libertad sólo al amparo de la noche. Pero aquel hombre que, sucio, desconcertado, medio muerto de fatiga, se deja caer del caballo a la puerta de una miserable posada, ya no es un emperador. Su imperio, su dinastía, su suerte, se han desvanecido. La falta de decisión de un hombre mediocre ha derrumbado el magnífico edificio que construyera en veinte años el más audaz y genial de los mortales.

Su consejero de Estado Roederer dice sobre Napoleon "Hay mas saber hay en esa cabeza y más grandes obras juntas en dos años de su vida que en toda una dinastía de reyes de Francia" Napoleón es artífice de frases tales como “Si yo hubiera creído en un Dios de recompensas y castigos, puede que hubiera perdido el ánimo en las batallas”, "La altura de un hombre no se mide de la cabeza al suelo, sino de la cabeza al cielo", “Sólo hay dos poderes en el mundo: la pluma y la espada”, “Una cabeza sin memoria es una plaza sin guarnición” y “Una sociedad sin pasiones es estacionaria” , !Sólo el puño de esta espada pertenece a Francia, el filo es mío“, "A veces hay que retroceder dos pasos para avanzar uno". "Me encanta el poder. Pero lo amo como a un artista. Me encanta como el músico ama a su violín, para extraer de él sus sonidos, acordes y armonías" y esta ultima dicha antes de un combate: “Las piezas están colocadas. La batalla puede empezar”
No quiero fatigarlo e inicio las preguntas:
Libertad
-Todo ser humano es libre si su libertad no atenta a la de los demás
Waterloo
- Borrará de la memoria todas mis victorias.
Mariscal Ney
perdió tres caballos en la batalla de Waterloo. Lance toda la caballería francesa a un ataque conjunto. Diez mil coraceros y dragones emprenden la avanzada, destruyeron cuadros, arrollaron a los artilleros y penetraron en las primeras filas enemigas. Fuernn rechazados otra vez, pero la fuerza de los ingleses menguaba, el dominio que ejercían sobre aquellas colinas empieza a ceder. Y cuando mi diezmada caballería francesa retrocede ante las descargas de fusilaría, avanza la última reserva con la cual contaba... de un modo lento y grave: es la vieja guardia, en marcha a conquistar aquella colina de cuya posesión depende el destino de Europa.
Mariscal Emmanuel de Grouchy.
El destino, le torgo el poder de decidir el futuro de Europa. Le encomende la misión de perseguir a los prusianos, de modo que el ejército prusiano no pudiera acudir a ayudar al ejército de Wellington. Sin embargo perdio de vista a los destacamentos prusianos.
Cuando la batalla de Waterloo comenzó, la victoria dependia de que ejercito recibiria el apoyo de los refuerzos. Grouchy, y una parte mi ejército estaba lejos, parados, sin rastro de los prusianos.
Grouchy oyo los estruendos procedentes de la batalla, pero Grouchy no se decidio por rescatarnos. Seguio buscando inutilmente a los prusianos. Grouchy no era ningún estratega, sino un hombre de confianza, y él decidio la fatal suerte de mi ejército y la mia misma.
Todos saben que la victoria será de aquel que recibiera antes refuerzos, Wellington de Blücher, yo de Grouchy. ¡Fue incapaz de escuchar la voz del destino!
Austerltz.
-La más gloriosa de mis batallas
Agustín Robespierre.
-Hermano de Robespierre, tuve su protección.
Asedio de Tolón.
Pude sofocar esa rebelión, una sublevación contrarrevolucionaria apoyada por los ingleses. Mi plan tuvo éxito
Ajedrez
El ajedrez es un juego sin par, regio e imperial
Oponente
Hay que presentarse ante los enemigos y ponerles buena cara; si no, creen que se les teme y eso les hace intrépidos.
Fouché
La intriga ha triunfado sobre la idea, la habilidad sobre el genio.
Una generación de inmortales ha caído a su alredadedor. Mirabeau muerto, Marat asesinado, Robespierre, Desmoulins, Danton guillotinados, su compañero de consulado Collot en el destierro en las islas de las Fiebres de Guayana, Lafayette liquidado, todos, todos muertos y desaparecidos sus compañeros de la Revolución.¡Si la Traición tuviese un nombre sería Fouché!
"La madre de Napoleón fue una mujer comparable a las heroínas de Plutarco, a las Porcias, a las Cornelias, a las Madame Roland. Este carácter impasible firme y ardiente, que recuerda más aún a las heroínas italianas de la Edad Media... es necesario para explicar el de su hijo".
-Son palabras de Stendhal que agradezco.
Apuro de tiempo.
Podemos recuperar el terrero perdido. El tiempo perdido, no.
Código Napoleónico
He consagrado la Revolución, la he infundido en nuestras leyes. He sancionado todos los principios; los he infundido en mis leyes, en mis actos; ni uno solo de ellos hay que no haya consagrado. Mi verdadera gloria no está en haber ganado cuarenta batallas. Waterloo borrará el recuerdo de tantas victorias. Lo que nada borrará, lo que vivirá eternamente, es mi Código Civil. . Mi Código es el ancla de salvación que salvará a Francia, mi título a las bendiciones de la posteridad.
Critica.
-No hay que temer a los que tienen otra opinión, sino a aquellos que tienen otra opinión pero son demasiado cobardes para manifestarla.
Victoria
La victoria pertenece al más perseverante.
Considerar una partida ganada
A veces una batalla lo decide todo, y a veces la cosa más insignificante decide la suerte de una batalla.El triunfo no esta en vencer siempre, sino en nunca desanimarse
Considerar la partida perdida
-Lo imposible es el fantasma de los tímidos y el refugio de los cobardes.
Entrenador
-La educación de un niño comienza cien años antes de su nacimiento.
José María Morelos y Pavón.
-Dadme 3 Morelos y conquistare el mundo.
.
La Marsellesa
Esta música nos ahorró muchos cañones.
.
Imposible
Se me ocurre que es el adjetivo de los imbéciles. La palabra imposible no está en mi vocabulario.
Analisis.
-La batalla más difícil la tengo todos los días conmigo mismo.
Los peones son el alma del ajedrez
-Si la obediencia es el resultado del instinto de las muchedumbres, el motín es el de su reflexión.
Duque de Enghien
Yo sabia que lo fusilarían para calmarme jugué una partida de ajedrez con Madame de Remusat 1. e4 / Cf6 2. d3 / Cc6 3. f4 / e5 4. fxe5 / Cxe5 5. Cc3 / Cfg4 6. d4 / Dh4+ 7. g3 / Df6 8. Ch3 / Cf3+ 9. Re2 / Cxd4+ 10. Rd3 / Ce5+ 11. Rxd4 / Ac5+ 12. Rxc5 / Db6+ 13. Rd5 / Dd6++.
El turco
Ls partidas que jugué con él las perdí Tras la 3ª derrota, me enfurecí y golpe el tablero, haciendo que todas las piezas se desparramasen por la habitación
Contrincante.
-Nunca interrumpas a tu enemigo mientras está cometiendo un error
Entrenador sudor y lágrimas.
Imponer condiciones excesivamente duras es dispensar de su cumplimiento.
Mujeres
-Las batallas contra las mujeres son las únicas que se ganan huyendo.
Gran Maestro.
-Los sabios son los que buscan la sabiduría; los necios piensan ya haberla encontrado.
Envidia.
-La envidia es una declaración de inferioridad.
Comité de apelación.
-Cuando quiero que un asunto no se resuelva lo encomiendo a un comité.
Calumnia.
-El mal de la calumnia es semejante a la mancha de aceite: deja siempre huellas.
"La tenia ganada."
-De lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso.
Los ajedrecistas se hacen solos
-Es injusto que una generación sea comprometida por la precedente. Hay que encontrar un modo de preservar a las venideras de la inhabilidad de las presentes.
Amistad
-¿Queréis contar a vuestros amigos? Caed en el infortunio.
Audacia
-Con audacia se puede intentar todo, mas no conseguirlo todo.En una batalla, cuando pierdes... ataca.
Posición.
El hombre es como un número: sólo tiene valor por su posición.
El mal entrenador
-Hay ladrones a los que no se castiga, pero que roban lo más preciado: el tiempo.
La libertad política.
-Bien analizada, la libertad política es una fábula imaginada por los Gobiernos para adormecer a sus gobernados.
Memoria.
-Una cabeza sin memoria es como una fortaleza sin guarnición.
Discutir
-En el peligro es apretar el dogal.
La perfección
-Si la perfección no fuera quimérica, no tendría tanto éxito.
Los mirones
-El más peligroso de nuestros consejeros es el amor propio.
Elo.
-Podemos detenernos cuando subimos, pero nunca cuando descendemos.
Caballos.
-Solía abrir la lucha con la caballería.
Su forma de jugar al ajedrez .
-Seguramente la prolongación de mi temperamento. Buscaba la sorpresa con meditadas combinaciones, de la misma forma que mis batallas, utilizaba estrategias que el enemigo jamás esperaba.
Café de la Régence.
¡Ah que recuerdo ahí asistíamos Voltaire, Rousseau, Diderot, Robespierre!
Genio
- Es el arte de la oportunidad. El infortunio es la comadrona del genio. Los hombres geniales son meteoros destinados a quemarse para iluminar su siglo.
Ataque.
-La ambición de dominar sobre los espíritus es la mas poderosa de todas las pasiones.No es conveniente diseminar los ataques, sino, antes al contrario reunirlos."
La guerra.
-La guerra es un juego serio en el que uno compromete su reputación, sus tropas y su patria. La guerra es un arte singular. Yo he sostenido sesenta batallas y no he aprendido más de lo que sabía cuando sostuve la primera.
La independencia.
-Al igual que el honor, es una isla rocosa sin playas.
Triunfar
-La victoria pertenece al más perseverante. La victoria tiene cien padres y la derrota es huérfana.
Confianza.
-La confianza es la mitad del triunfo.
Españoles.
-Se indignaron con la afrenta y se sublevaron ante nuestra fuerza corriendo a las armas. Los españoles en masa se condujeron como un hombre de honor.
Imaginación.
-La raza humana está controlada por su imaginación. La realidad tiene limites; la estupidez no
¡Pongan en marcha su reloj!
-Cinco minutos antes no es la hora. Cinco minutos después no es la hora. La hora es la hora.
Aperturas.
-Nada más difícil, pero nada más precioso que el saber decidirse. Nunca emprenderíamos nada si quisiéramos asegurar por anticipado el éxito de nuestra empresa. Nunca sabréis quiénes son vuestros amigos hasta que caigáis en desgracia.
Falta de entrenamiento.
No se ganan batallas con buenos deseos.
Los reveses de la fortuna.
Es más duro la cruenta ingratitud del hombre.
Caerse
Mi grandeza no reside en no haber caído nunca, sino en haberme levantado siempre.
Hudson Lowe
¡Tiene el crimen marcado en la cara!
La inmortalidad
-Es el recuerdo que uno deja.
Bertrand
¡Ah mi fiel Mariscal Bertrand! me siguió hasta aquí a mi destierro juego frecuentemente al ajedrez con él pero somos temperamentos distintos yo busco un ataque que sirva para destrozar su defensa del adversario, aun a costa de sacrificar alguna pieza Bertrand juega a la defensiva, esperando una oportunidad de lanzar un contraataque basado en su superioridad material. desde el comienzo de la partida, yo despliego mis fuerzas con rapidez Bertrand busca colocar las suyas en posiciones defensivas para repeler mis inminentes ataques.
Intento que la partida se pronloge los más que se pueda; una nueva victoria ganada sobre el tiempo, otro día menos.
Bonaparte me dice que me acerque y en voz baja susura: le diré un secreto - con el dedo sañala un ajedrez- al tiempo que se le humedecen los ojos. Mis partidarios idearon un plan para que me fugase de Santa Elena. Me regalaron ese ajedrez con piezas talladas en marfil, sabiendo que dicho regalo no despertaría sospechas entre mis captores. Dentro de este ajedrez hay un plan perfectamente detallado para la fuga, pero ya ve lo enfermo que estoy y sin fuerzas. Ya no siento mis entrañas En qué estado he caído! ¡Yo era tan activo y alerta! Apenas y puedo hoy levantar mis párpados; Ya no soy Napoleón... sólo anhelo reposar a orillas del Sena.
El asesinato de Napoleón
http://napoleon1er.perso.neuf.fr/Esp-Conference2.html
http://inmf.org/walewraconte.htm

2 comentarios:
A mí me parece que se ha eternizado la idea de que Napoleón era buen ajedrecista... Un mito típico que perdura de tanto repetirlo.
Quizá tengas razón, aunque la bibliografía que he leído, muy al contrario niega esto. Esta entrevista intenta sólo interesar a los lectores en el ajedrez y a los ajedrecistas a saber de otros personajes dentro de la cultura. Muchas de las frases de Napoleón pueden aplicarse al ajedrez tales como “Podemos recuperar el terreno perdido el tiempo perdido, no” al apuro de tiempo “De lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso” a la típica frase “la tenia ganada” y a esta otra “Es injusto que una generación sea comprometida por la precedente. Hay que encontrar un modo de preservar a las venideras de la inhabilidad de las presentes” a tu afirmación: “Los ajedrecistas se hacen solos”
Un abrazo.
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