martes, 8 de diciembre de 2015

Vladímir Dmítrievich Nabókov primera parte.

El ajedrez y la mariposa




La hermosura cautiva no sólo por su perfección, sino porque puede ser destruida.


Vladímir Dmítrievich Nabókov alias "Sirin" es: poeta, novelista, pintor, un profesor, crítico, traductor, dramaturgo y un lepidopterólogo, que nació en Rusia dentro de una familia aristocrática y acaudalada de San Petersburgo, en su hogar se hablaba en tres idiomas; el ruso, el inglés y el francés, lenguas que Nabókov aprendió desde muy pequeño, gracias las enseñanzas de sus institutrices, una de ellas: Miss Rachel Home, quien le enseñó primero el idioma inglés, antes que el ruso.

Familia Nabokov
Familia Nabokov

Su padre fue Vladimir Dmitrievich Nabokov, jurista y estadista, hijo de un ministro de Justicia bajo los zares y de la baronesa María Bon Korff. Los antepasados del escritor por parte de madre pertenecían a la aristocracia terrateniente de la provincia de Kazan y poseían minas de oro en el lado siberiano de los Urales.
Nabokov con sus padres
Nabokov en Rusia con sus padres

Para darnos una idea de la inmensa fortuna de esta familia baste saber que la casa de campo de la familia Vyra, en la provincia de San Petersburgo, era atendida por un ejército de más de 50 criados. La educación de los niños Nabókov corrió a cargo de institutrices inglesas y francesas, que fueron sustituidas más tarde por preceptores rusos y alemanes. Para ir al colegio, Vladimir subía a su Rolls-Royce, conducido por su chofer.

Nabokov tenía 17 años cuando su tío Ruka le heredó dos millones de dólares. Y al término de dos años, cuando cumplió 19 años, los perdió para siempre.

Nabokov
Nabokov, adolescente

La historia de Vladimir, es la de una pérdida total y terrible, de todo lo que alguna vez amó, sin más explicación que la del cambio político y social. En 1919, la familia debió escapar de Rusia a causa de la revolución, dejando atrás todo, riquezas, lujos, comodidades, lugares entrañables y amores imposibles.
Nabokov
Nabokov, juventud

Ya en Inglaterra Nabokov se graduó en la Universidad de Cambridge con la máxima calificación. Bajo el seudónimo de Vladimir Sirin comenzó a escribir para los diarios de los emigrantes rusos en Berlín, donde vivió de 1923 a 1937. Se convirtió en un fumador compulsivo, que redactaba textos a destajo.
La vida de Nabokov es la del exilio, en la que reverberan las grandes conmociones políticas del siglo pasado. El padre del novelista, abandonó Rusia con su familia ante el avance bolchevique. Se establecieron primero en Inglaterra donde se doctoro en lenguas y más tarde fijaron su residencia en Berlín, debido a lo caro de la vida en Alemania.

En esta ciudad su padre fue asesinado en un mitin político por una bala que estaba dirigida a su amigo Pavel Miliukov. Fue en este lugar donde Vladímir Nabokov se enamoró perdidamente de Svetlana Romanovna Sievertuna de 16 años una de las mayores bellezas de la colonia rusa en Berlín, a quien le escribió poemas. Después de su rompimiento con esta, contrajò matrimonio con Vera Slonim Evseena de origen judío. En Berlín fue que nació su único hijo Dimitri.

Los hermanos Nabokov
Los hermanos Nabokov

La estancia en Alemania se prolongaría hasta 1937, fecha en la que huyeron de las leyes antisemitas del régimen hitleriano. Vladímir, Vera y su hijo Dimitri se refugiaron en París hasta que en 1940. Tuvieron que volver a huir del régimen nazi. Dejando atrás a su hermano, que después fue apresado y murió de hambre en un campo de concentración.

Hoy el escritor vive en los Estados Unidos. En Alemania escribió en ruso. En París lo hizo en francés Hoy escribe en ingles. Vlaldimir me dice: " La nostalgia que he estado acariciando durante todos estos años no es el dolor por las propiedades o el dinero perdido, al dejar Rusia, sino la conciencia de aquella infancia perdida". Azul sangre de nostalgia.

Nabokov
Tarjeta de inmigrante de Navokov. Estados Unidos, 1940

Vlladimir desde niño es un coleccionista de mariposas. Atrapar mariposas lo aprendió de su padre y sus recuerdos en vuelo, se remontan a los bosques de oscuros abetos, de abedules y de turberas.
Nabokov considera el lenguaje como un juego, la disposición de discurso es para él, como la composición de un problema de ajedrez o el cuidado en el montaje de un espécimen de mariposa.
Este Aristócrata ruso, es un gran aficionado al ajedrez y conocido por su aguda imaginación al componer problemas de ajedrez, con sus soluciones. El ajedrez aún lo juega con su esposa. Ha ideado decenas de estudios, varios de ellos premiados en concursos y ha escrito un libro de poemas y de problemas de ajedrez.

Me cuenta que en los días de exilio para ganarse la vida, trabajo de extra de cine, dio clases de tenis, boxeo, inglés y francés. Que recibía un pequeño honorario por la elaboración de sus problemas de ajedrez.

Se cuenta una vez venció el futuro campeón mundial Alekhine. Sobre los problemas de ajedrez que compone, menciona: "Personalmente, estoy fascinado por los problemas que son espejismos e ilusiones llevados a una sutileza diabólica"

Vladímir Dmítrievich Nabókov

Vladímir Dmítrievich Nabókov en Cambridge. Inglaterra. 1919

En este escritor, destaca su anti darwinismo: "La gloria de Dios está en esconder algo en la naturaleza presupone una intencionalidad en el cosmos: interpreta la mente no como efecto de la complejidad sino como reflejo de una mentalidad inicial del hombre, en descubrirlo". y su anti freudismo: "Como es bien sabido mis libros no sólo cuentan con la bendición de una ausencia absoluta de significación social, sino que además están hechos a prueba de mitos: los freudianos revolotean en torno a ellos, se acercan con oviductos ardientes, se detienen, husmean y retroceden" "No me interesa ese señor. Que los crédulos y los mediocres sigan creyendo que todas las enfermedades mentales pueden curarse mediante una aplicación diaria de viejos mitos griegos en sus partes privadas" Odia entre otros autores a Dostoievski.

A lo largo de su vida ha tenido varios amores, algunos idílicos, como los de su infancia. A los cinco años conoció a Colette, en la playa de Biarritz, en el sur de Francia, y la recuerda con "sedosos rizos en espiral de color marrón que colgaba de de su gorra de marinero, y que al recoger estrellas de mar, ella se inclino y su rizos le hicieron cosquillas en la oreja; fue entonces que ella de pronto me dio un beso en la mejilla, que me lleno de emoción indescriptible".

También en esa misma playa dos años después vio a Zina, de la cual se apasiono. Cerca de cumplir los 16 años, conoce a Valentina Shulgina "Tamara" con quien tuvo amoríos furtivos, y a quien le dedico sus poemas.

Al zarpar el barco "Esperanza", durante la travesía conoció a una poeta y con ella tiene un romance. Después en Grecia se relaciona con otra pasajera de nombre Hope Gorodkovskaya.

Nabokov. Universidad Cambridge
Nabokov. Cambridge. Inglaterra. 1919

En Inglaterra, tiene amoríos con una camarera atractiva Elizabeth, a continuación con una bailarina Marina Schreiber con quien se comprometió y después rompió. Tuvo varios amoríos con las bellezas locales; con la hija de un tendero: Miriam, con una viuda.

Su suerte en el amor es tal, que se encuentra, a un rostro femenino, que le es muy grato, el de Marianne Schreiber, a la que adoraba, cuando él tenía 9 años. Charlaron de los viejos tiempos. Ella le contó que estudiaba ballet. Una cosa llevo a la otra, y pronto se convirtieron en amantes. Un romance corto.

Una novia más lo fue Ellendeya Proffer que relató su primer encuentro con Nabokov, ella habló de la maravillosa sonrisa del escritor. Yo esperaba ver una especie de escritor neurótico, torturado, encerrado en su escritura y no fue así me encontré con un joven atractivo, atlético Y encantador.

Nabokov aprendió a bailar el Fox Tro en Cambridge con Anna Pavlova

Nabokov aprendió a bailar el Fox Tro en Cambridge con Anna Pavlova

A su lista de mujeres, cerca de 30, se debe agregar a Roma Klyachkin, una judía, bonita, rubia, con la que Nabokov comenzó un breve romance y a Svetlana Romanovna Sievert una joven de 16 años, una de las mayores bellezas de la colonia rusa en Berlín, una chica alta, con grandes ojos negros, pelo oscuro, piel dorada llena de alegría y calidez, a quien también le dedico y le escribió poemas.
Svetlana le llamaba tigre a Vladimir, por su energía sexual, ella le tenía un poco de miedo, Vladimir era un hombre ardiente, que la ponía nerviosa y le intimidaba su charla ebrio de pasión.

El poeta le propuso matrimonio en el acuario de Berlín. Svetlana, solo acepto casarse con Nabokov, después del asesinato del padre de Vladimir, por un sentimiento de ternura y de compasión ante la desolación del joven poeta. Ella menciono que nunca lo había visto tan triste.

Poco tiempo Svetlana rompió su compromiso con Nabokov. Al novelista le significo un duro golpe ser abandonado por la mujer que amaba. Algunas versiones aseguraba que el rompimiento se dio cuando él le pidió a la joven un "extraño tipo de beso" otras versiones aseguran que los padres de ella se opusieron finalmente al matrimonio, al no tener él, un empleo estable.

Eva Lyubrzhinskaya
Eva Lyubrzhinskaya

El aristócrata les había dicho a sus amigos que nunca podría perdonar Svetlana, pero que ella tendría que escuchar las cosas tiernas que tenía que decirle y le escribió una carta.

Paso meses componiendo versos abatido, convencido de que su vida había terminado. Viajo a muchas ciudades, sin poder olvidarla Todo se lo recordaba: Dresden, Estrasburgo, Lyon y Niza. Planeaba continuar hacia el norte de África, o encontrar algún lugar en el planeta, donde ni ella, ni a su sombra las volviera a ver. Cuando encuentre ese lugar, entonces voy a establecerse ahí, para siempre, le escribe a la amada. Al parecer la idea de ir al África, fue porque alguien le ofreció un empleo de fogonero, en un barco con destino a ese continente. ¿De haberse embarcado se hubiese convertido en un Jack London?

Pero Vladimir tenía dos velas encendidas, mientras le escribía a Svetlana, también le enviaba una misiva a Vera con quien después se casaría, narrándole: "Te necesito, mi cuento de hadas. Porque tú eres la única persona con quien puedo sobre el matiz de una nube, sobre el canto de un pensamiento, y sobre el hecho de que cuando me fui a trabajar, hoy pensé en el girasol que es tu cara y tu sonrisa"
África había quedado atrás. Al tiempo el escritor dijo que el abandono de Svetlana sucedió, solo para poder conocer a Vera.

Nabokov Svetlana Siewert y su hermana Tatiana, Berlín, 1921 o 1922

Nabokov Svetlana Siewert y su hermana Tatiana, Berlín, 1921 o 1922
Svetlana al tiempo se convirtio en Madame André de Langeron

Vera Slonim es delgada, de huesos muy finos tiene una tez transparente y un porte de reina y ojos azules. Ella permanece callada durante la entrevista a Vlaldimir.

Con ella, Vladimir recorría las calles hasta el amanecer. La pareja entre besos se aferraba, como si fuera como una estatua de Rodín en aquel frió de Berlín. Nabokov jura, que amaba como nunca antes; con una ternura infinita, que lamentaba cada minuto del pasado que no había compartido con Vera.

En voz alta lee el texto de una de las tantas carta escritas a Vera: "¿Alguna vez has pensado en lo extraño, lo fácil que nuestras vidas se juntaron? Hay en tu alma un punto preparado para cada uno de mis pensamientos" Vera y él se convirtieron en amantes muy rápido, para cualquier persona que no los conociera, ella podría haber pasado por una chica fácil y él un seductor vulgar.

Fue con Vera, con quien se casó, la que curó los males de amor de Vlaldimir. Ella es quien le disuade de seguir escribiendo poesía y le aconseja escribir prosa. Ella es su musa, quien le contesta el teléfono, le encuentra los objetos extraviados, quien conduce el automóvil, en fin quien hace toda clase de menesteres: lectora, secretaria, mecanógrafa, editora, correctora, traductora, bibliógrafa, su agente literario, que también le ayuda en la investigación y juega ajedrez con él, para que su esposo exista solo a través del arte.

La personalidad seductora de Vladimir, su amabilidad, su coquetería y su temperamento sexual, lo condujeron a reiniciar un viejo romance - de sus tiempos de estudiante en Inglaterra- con la poeta rusa Irina Guadagnini

"Eva Lyubrzhinskuyu" una mujer divorciada, rubia, atractiva, coqueta, una mujer juguetona e irónica, Pronto comenzaron a aparecer juntos en los cafés y cines. La familia de Irina pertenecían a la misma comunidad de Nabokov.

Ya casado con Vera, retoma la aventura. Los disgustos y discusiones con Vera fueron muy frecuentes. Incluso ella lo amenazò, con no dejarle ver más a su hijo Dimitri. Vladimir vivió un tórrido romance, una pasión desmedida con Irina. Esta le escribí una carta donde le conmina a que dejaran todo y se fuesen a vivir, a cualquier país, lejos de Vera.

Irina Kokoshkin Guadagnini

Irina Kokoshkin Guadagnini. Guadagnini fue poeta y una domadora perros. 
Cuando ella estuvo en la pobreza y enferma Nabokov no la ayudó.


Nabokov finalmente decidió volver al lado de Vera y renunciar a su amante. Después de su abandono Irina se refugió en pensamientos suicidas, sufriendo por la ausencia de Vladimir. Después ella escribió un libro, una historia escandalosamente sincera "Túnel" sobre su relación con Nabokov y sus apasionadas reuniones en Cannes.

Vera Slonim en su temprana juventud participo en un complot para matar a Trotsky, el mismo revolucionario, al mando del ejército rojo, que elogio al padre de Vladimir; distinguido hombre de Estado de ideas liberales.

Algo curioso en Vera, es que no le agrada la novela Tom Sawyer porque a su parecer es "un libro indecente". Detesta a los mismos, autores que aborrece su marido.

Vera Nabokov

Vera Nabokov a mediados de los 20

Hace dos años Vladovia, se convirtió en ciudadano naturalizado de los Estados Unidos. Él y su esposa Vera viven en Wellesley. Él da conferencias y cursos de lengua y literatura rusa. Mis clases no son muy populares, me confiesa Nabokov y agrega: debido a mi estilo de enseñanza y al poco interés que demuestro por la guerra, y por las cuestiones vinculadas con Rusia.

Sobre la mesa, se encuentra una carta de su hermana Elena, sin abrir, en respuesta, a la misiva de Vladimir, cuyo mensaje fue: "Qué alegría que tú estás bien, viva y con buen ánimo", ¡Pobre, pobre Seryozha!" (recordando el infortunado destino de Sergei, hermano de ambos) El escritor no quiere comentar por qué no ha abierto aún el sobre.

Vera brinda y dice "Happy Christmas" Vladimir está contento porque el próximo año 1947, se publicara su primera novela en ingles "Barra siniestra" y feliz dice: ( -pronuncia palabras en ruso- que supongo son: ¡Felices Fiestas! ) También me uno al brindis: ¡Chin chin el que deje algo! Vladimir muere de la risa, cuando le explico el significado del brindis.

Es grata su jovialidad que ha innovado la escritura, con sus dobles sentidos, sus hábiles referencias crípticas, sus trampas literarias y sus guiños a los eruditos. La construcción inteligente de sus historias, su juego de espejos.

Le sugiero a Volodia que la entrevista la mezclemos con preguntas sobre literatura, personales y de ajedrez, a semejanza de su libro "Poemas y Ajedrez". Serio me manifiesta: pero le aclaro, que yo odio a Freud. Los dos reímos e inicio las preguntas.

¿Cuál es la pronunciación correcta de su apellido?

El novelista aclara antes: Hablo con torpeza, hablo muy mal, hablo pésimamente mal. Mis conferencias, difiere de mi prosa escrita tanto como un gusano difiere de un insecto hecho, pienso como un genio, escribo como un autor de prestigio y hablo como un idiota.

Vladimir responde: Digamos que en ruso hay muchos nombres que a primera vista parecen sencillos, pero cuya ortografía y pronunciación le tienden extrañas trampas al forastero. Le llevó dos siglos al apellido Suvarov deshacerse de la descabellada "a" intermedia: debe de ser Suvorov.
Los cazadores de autógrafos norteamericanos que profesan conocer todos mis libros —aunque con gran prudencia evitan mencionar sus títulos— hacen toda clase de trucos con las vocales de mi apellido, tantos como lo permiten las variantes matemáticas.

Me conmueve en especial "Nabakav" por las letras a. Los problemas de pronunciación caen dentro de un patrón menos errático. En los campos de juego de Cambridge, mi equipo de futbol ( fungia como portero) me llamaba "Nabkov", o me decían "Macnab" de broma.

Los neoyorquinos tienden a convertir la o en ah y pronuncian mi apellido "Nabarkov". La aberración "Nábokov" es la favorita de los empleados del servicio postal. Pero me llevaría demasiado tiempo explicarles cómo pronunciarlo, así que me he conformado con un eufónico "Nabókov", con el acento en la vocal intermedia. ¿Quiere intentarlo?

Que significa su alias Sirin, con el que firma sus libros.

- La leyenda de Sirin podría haber sido introducido en Rusia por los persas, es el popular nombre de un búho, terror de los roedores de la tundra. Sirin es una mitológica criatura con la cabeza y el pecho de una mujer hermosa y el cuerpo de un ave. En la mitología es un ave multicolor, con la cara de una mujer y busto, sin duda idéntico a la "sirena", una deidad griega.
Su infancia.

-Yo tuve probablemente la infancia más feliz que se pueda imaginar.
Ajedrez.

-El ajedrez lo aprendí de mi padre, como me enseño a cazar mariposas. Yo era un jugador de ajedrez bastante bueno. No un "gran maestro. Pero era un buen jugador de círculo, capaz de tender una trampa a un campeón aturdido.

Lo que siempre me ha gustado en el ajedrez son las trampas, los trucos ocultos. Por eso abandoné las partidas y me dediqué a la composición de problemas. No dudo que hay un vínculo íntimo entre algunos espejismos de mi prosa y el tejido brillante y oscuro a un tiempo de los problemas de ajedrez, enigmas mágicos, cada uno de los cuales es fruto de mil y una noches de insomnio. Me gusta componer los problemas llamados "suicidas" en los que las blancas obligan a las negras a ganar.

¿Qué recuerdos tiene de su huida de Rusia?

-Recuerdo las reverberaciones del mar de la bahía de Sebastopol, bajo el furioso fuego de las ametralladoras que disparaban desde la playa, las tropas bolcheviques acababan de tomar el puerto, mi familia y yo zarpamos rumbo a Constantinopla Recuerdo un pequeño y espantoso barco griego, el Nadezhda (Esperanza). Recuerdo que mientras zigzagueábamos hacia el abra de la bahía, intenté concentrarme en una partida de ajedrez con mi padre —uno de los alfiles había perdido su cabeza, y una ficha de las que se usan para hacer apuestas en el póker ocupaba el lugar de una torre.
La conciencia de que me iba de Rusia quedó absolutamente eclipsada por la dolorosa idea de que, con rojos o sin ellos, las cartas de mi amada Tamara seguirían llegando, milagrosa e inútilmente, al sur de Crimea, en donde buscarían que yo las recibiera, un fugitivo receptor, y aletearían sin fuerza de un lado para otro como aturdidas mariposas.

Valentine Shulgin, "Tamara"
Valentine Shulgin, "Tamara"
Tamara

-Cuando conocí a Tamara ella tenía quince años, y, yo uno más. Durante el comienzo de ese verano y a todo lo largo del anterior, el nombre de Tamara había estado aflorando, con esa fingida ingenuidad que suele adoptar el destino, cuando va en serio, aquí y allá en nuestra finca y en las tierras que mi tío poseía, al otro lado del Oredezh.

Lo encontraba escrito con un palo en la arena rojiza de alguna de las avenidas del parque, o a lápiz en un enjalbegado portillo, o recién grabado a navaja en la madera de algún viejo banco, como si la Madre Naturaleza me estuviese dando misteriosos avisos de la existencia de Tamara.

Aquella silenciosa tarde de julio en la que la encontré completamente quieta en una arboleda de abedules, pareció que Tamara hubiese surgido allí por generación espontánea, entre aquellos árboles vigilantes, con la silenciosa cabalidad de una manifestación mitológica. Estaba de espaldas a la luz y se la veía toda negra, como una talla de madera oscura. Tan solo se distinguía el blanco de los ojos, que formaban dos almendras plateadas, mientras que las pupilas eran negras. Una gota de tártaro o sangre circasiana podría haber influido en la ligera inclinación de sus ojos oscuros Recuerdo el intenso color sus mejillas, y la delicada curva de una de las aletas de su nariz, estremeciéndose delicadamente al compás de su risa.

Llevé a mi adorable niña a todos aquellos rincones secretos de los bosques en donde había soñado despierto, antes de saber de ella, de que la encontraría. Hubo cierto pinar en donde todo encajó en su sitio, aparté el tejido de fantasía, y saboreé la realidad.

Muchas veces caminamos balanceando nuestras manos entrelazadas, a la manera campesina. Le di unas dalias que cogí a la orilla del paseo engravillado, En los atardeceres oscuros y lluviosos yo acostumbraba a cargar el faro de mi bicicleta con mágicos pedazos de carburo cálcico, encendía una cerilla a cubierto del viento racheado y, tras aprisionar una llama blanca en el cristal, pedaleaba cautelosamente en dirección a las tinieblas.

El círculo de luz que proyectaba mi faro captaba el húmedo y suave lomo del camino, mi lívida luz mariposeaba de un extremo a otro de los seis pilares blancos del pórtico de la parte trasera de la muda y ruinosa casa solariega de mi tío, tan muda y ruinosa como debe de encontrarse hoy en día, medio siglo después. Allí, en una esquina de esos soportales, en el mismo lugar desde donde había ido siguiendo el zigzagueo de mi luz ascendente, Tamara me esperaba, asomada a la ancha balaustrada y apoyada de espaldas en una de las columnas.

Yo apagaba el faro y me acercaba tanteando hacia ella. Aquí siente uno el impulso de hablar con más elocuencia, de estas cosas y de otras muchas que siempre confiamos en que sobrevivan a su cautividad en el zoo de las palabras, pero los antiguos tilos que se amontonan junto a la casa ahogan con sus crujidos y rumores en la agitada noche el monólogo de Mnemosina. Luego cedían sus gemidos.

La lluvia goteaba a un lado del porche. A veces, algún rumor, como que se turbara el ritmo de la llovizna sobre las hojas, hacía que Tamara volviese la cabeza hacia una pisada imaginaria, y entonces, en la leve luminosidad - que se eleva ahora en mi memoria pese a toda esa lluvia- del momento, lograba distinguir el perfil de su rostro; pero no había nada ni nadie que temer, y enseguida soltaba suavemente el aliento que había contenido durante un instante, y sus ojos volvían a cerrarse.

¿Tamara fue en realidad Valentina Shulgina a quien usted dedico sesenta y ocho poemas?

-Si, poemas muy malos, con un lenguaje trillado, plagado de lugares comunes. En ese entonces tenía quince años, los lirios estaban en flor; había leído a Pushkin y a Keats; estaba locamente enamorado.
Hubo meses que a Tamara no la vi, por su trabajo y porque me encontraba totalmente entregado al tipo de variadas experiencias que en mi opinión debía buscar todo elegante littérateur. Había comenzado ya una extravagante fase de sentimiento y sensualidad que duraría diez años aproximadamente.

Cuando la contemplo desde la torre que ahora ocupo me veo a mí mismo como cien diferentes jóvenes a la vez, todos ellos en pos de una muchacha, en una serie de simultáneos amoríos a veces encantadores, otros sórdidos, que iban desde aventuras de una noche, hasta prolongados compromisos y simulaciones, con resultados artísticos muy escasos.

Esa experiencia, así como las sombras de todas aquellas encantadoras damas, no sólo me resultan inútiles cuando reconstruyo mi pasado. Por más que me ajuste los lentes de la memoria, no consigo recordar cómo nos separamos Tamara y yo. Existe posiblemente otro motivo, para este desdibujamiento: ya nos habíamos separado antes demasiadas veces.

Mate en dos jugadas.

-A lo largo de mis veinte años de exilio dediqué una prodigiosa cantidad de tiempo a la composición de problemas de ajedrez. Se fija en el tablero cierta disposición, y el problema a resolver consiste en averiguar cómo hacerles mate a las negras en un número determinado de movimientos, por lo general dos o tres.

Es un arte bello, complejo y estéril que sólo está relacionado con la forma corriente de este juego en la misma medida en que, por ejemplo, tanto el malabarista que inventa un nuevo número como el tenista que gana un torneo sacan provecho de las propiedades de las esferas.

La mayor parte de los jugadores de ajedrez, de hecho, tanto maestros como aficionados, sólo sienten un leve interés por estos acertijos especializados, fantásticos y elegantes, y aun en el caso de que apreciasen algún problema difícil se quedarían perplejos si alguien les invitara a que ellos mismos compusieran otro.

La invención de estas composiciones ajedrecísticas requiere una inspiración de tipo casi musical, casi poética, o, para ser absolutamente exacto, poético-matemática.

Odrezh.

-Un bello afluente al que jamás volví, tan cerca de mi casa de verano.

¿Como se originó su pasión por las mariposas?

-El acontecimiento originario fue bastante trivial. En luna madreselva que colgaba sobre el respaldo tallado de un banco, que se encontraba justo enfrente de la entrada principal, vislumbre, una espléndida criatura de color amarillo pálido con manchas negras, almenados azules, y un ojo cinabrio en cada una de sus negras colas orladas de amarillo.

Mientras exploraba la flor inclinada de la que pendía, levemente doblado, su empolvado cuerpo, sacudía incansablemente sus grandes alas, y mi deseo de conseguirla fue uno de los más intensos que haya experimentado finalmente el conserje de nuestra casa de la ciudad, consiguió atraparla con mi gorra, tras lo cual la llevamos, a un armario, en donde Mademoiselle confiaba que la naftalina casera la matara en una noche.

A la mañana siguiente, sin embargo, cuando ella misma abrió el armario para sacar alguna prenda, la mariposa, voló hacia la abierta ventana, para no ser al poco rato más que un punto dorado que se abatía y fintaba y planeaba hacia levante, por encima de los bosques y la tundra.
Yo contaba con 8 años de edad, cuando mi padre fue encarcelado por las autoridades rusas, a causa de sus actividades políticas, le llevé una mariposa a su celda, el regalo le encantó a mi padre. A partir de la edad de siete años, mi primera mirada de la mañana buscaba el sol, mi primer pensamiento estaba dedicado a las mariposas que éste engendraría.

Mimetismo.

-A mí me atrajeron desde muy niño los misterios del mimetismo. Sus fenómenos mostraban una perfección artística que sólo se relaciona generalmente con las cosas hechas por el hombre. Considérese por ejemplo la imitación de los jugos venenosos que realizan las máculas en forma de burbuja que poseen las alas de algunas mariposas.

Cuando una mariposa tiene que parecer una hoja, no solamente reproduce de forma bellísima todos los detalles de la hoja, sino que tiene, además, numerosas marcas que imitan los agujeros perforados por los gusanos.

Descubrí así en la naturaleza los placeres que buscaba en el arte. En ambos casos se trataba de una forma de magia, ambos eran un juego de hechizos y engaños muy complicados.
Se me ocurre que la más fiel reproducción del nacimiento de la mente es la puñalada de asombro que acompaña el momento preciso en el que, mirando una maraña de hojas y ramas, nos damos cuenta de repente de que lo que parecía un elemento natural de ese enmarañamientos es un insecto o un pájaro maravillosamente disfrazado, lo cual desde mi niñez me impresionó.

Los problemas de Ajedrez.

-Exigen del compositor las mismas virtudes que caracterizan todo el arte de valor: originalidad, invención, concisión, armonía, complejidad e insinceridad esplendida.

Selección natural.

-La selección natural, en el sentido darwiniano de la expresión, no basta para explicar la milagrosa coincidencia de la apariencia imitativa y el comportamiento imitativo; tampoco me parecía suficiente apelar a la teoría de la «lucha por la vida» cuando comprobaba hasta qué extremos de sutileza, exuberancia y lujo miméticos podía ser llevado un mecanismo defensivo, que en cualquier caso va muchísimo más lejos de de lo que pueda apreciar ningún predador.

¿Cuales son sus tirrias?

-Primero, no aprecio al escritor que no ve las maravillas de este siglo, Detesto pues a los divulgadores comprometidos, a los escritores sin misterio, a los infelices que se alimentan con los elixires del charlatán vienés.

Aquellos que aprecio saben que sólo el verbo, es el valor real de la obra maestra. Detesto a cuatro doctores: al Dr. Freud, No puedo concebir que nadie en su sano juicio acuda a un psicoanalista. Solía acecharlo en oscuros callejones del pensamiento.

Detesto al Dr. Zhivago, al Dr. Schweitzer y al Dr. Castro. Odie a quienes aseguraban que se había gastado demasiado dinero, para que el hombre pisara la Luna, un mundo muerto. Recuerdo con qué delicioso escalofrió, con que envidia y angustia, miraba yo en la televisión, los primeros pasos flotantes del hombre
.
¿A alguien más?

-A Dostoievski. Sócrates, entre otros, me cae muy mal. Las cosas que aborrezco son sencillas: la estupidez, la opresión, la guerra, el crimen, la crueldad. Mis placeres son escribir y cazar mariposas.

¿Algún otro placer?

-Los más intensos conocidos por el hombre: escribir y cazar mariposas. Los placeres y recompensas de la inspiración literaria no son nada frente al arrobamiento de descubrir un nuevo órgano al microscopio o una especie desconocida en una ladera de montaña de Irán o Perú. No es improbable que, de no haberse producido la revolución rusa, me hubiese dedicado exclusivamente a los lepidópteros y nunca hubiese escrito una novela.

¿Qué recuerda de su infancia al cazar mariposas?

-Hacía mucho tiempo que anhelaba poseer esta especie de mariposa en particular y cuando me situé a la distancia adecuada, lancé mi cazamariposas.

Todo el mundo ha escuchado el gemido del campeón de tenis tras haber fallado un golpe fácil. Todo el mundo ha visto el rostro del mundialmente famoso maestro Wilhelm Edmund cuando, durante una exhibición de partidas simultáneas celebrada en un café de Minsk, perdió su torre, por un absurdo descuido, ante un aficionado local, el pediatra Schach, que finalmente le ganó.

Pero no hubo nadie aquel día que pudiera verme sacudir el cazamariposas para hacer saltar la ramita que era su único contenido, y quedarme mirando pasmado el agujero de la tarlatana.
Un verano, cuando aún no cumplía 10 años, había estado cazando, todas las noches sin luna, en un claro del parque, a base de extender sobre la hierba una sábana, sobre la que proyectaba la luz de una linterna de acetileno Procedentes la oscuridad que me rodeaba, las mariposas nocturnas se lanzaban hacia este la luminosidad, y fue así, en esa sábana mágica, donde cacé una preciosa Prusia.

¿Cómo es el proceso de perseguir a una mariposa?

-Es perseguir a una belleza que nunca ha sido descrita, y que se desliza sobre las rocas, es una experiencia arrobadora, pero también resulta sumamente divertido encontrar una nueva especie entre los cuerpos desmembrados de los insectos, dentro de una vieja lata de galletas que un marinero envió desde alguna isla remota.

La vida errante del ajedrecista.

-Cuando nos acostamos en un ambiente poco familiar, estamos aptos para tener un momento de aturdimiento antes de levantarnos, una sensación repentina de irrealidad, y esta es la experiencia que debe ocurrir una y otra vez en la vida de un viajante, una forma de vida que hace imposible cualquier sensación de continuidad. Por otra parte, el aislamiento, el extrañamiento de la realidad es, después de todo, algo que caracteriza constantemente a los artistas, los genios y los descubridores.

Arte.

-Belleza más compasión, es lo más cercano que podemos llegar a una definición de arte. Donde hay belleza hay compasión, por la simple razón de que la belleza debe morir: la belleza siempre muere, lo general muere con lo específico, la colectividad muere con la individualidad.

Releer.

-Uno no lee un libro, sólo lo puede releer. Un buen lector, un lector de verdad, y activo y creativo, es un relector.
El tablero de aje
drez.

-El tablero es un campo magnético, un sistema de marcas y abismos, un firmamento estrellado. Los alfiles se desplazan por él como proyectores. Este o aquel caballo es una palanca ajustada y ensayada, y reajustada y ensayada otra vez, hasta que el problema queda afinado porque ya alcanza los niveles necesarios de belleza y sorpresa.

¡Cuán a menudo he pugnado por contener la terrible fuerza de la reina de las blancas a fin de evitar que haya más de una solución! Debería quedar claro que en los problemas de ajedrez la batalla no se libra entre blancas y negras sino entre el compositor y el hipotético sujeto que intentara solucionarlo De mismo modo que en la narrativa de primera categoría el verdadero duelo no es el que libran entre sí los personajes sino el que enfrenta al autor con el mundo, de modo que gran parte de la valía del problema radica en el número de aperturas engañosas, pistas falsas, especiosas posibilidades de juego, astuta y cariñosamente preparadas para despistar a quien intente resolverlo.

Pero, por mucho que intente explicar este asunto de la composición de problemas, me parece que no seré capaz de transmitir deforma asaz cabal el estático núcleo del proceso y sus puntos de contacto con otros tipos, más abiertos y fructíferos, de operaciones de la mente creadora, desde el trazado de los mapas de mares peligrosos hasta la redacción de una de esas increíbles novelas en las que el autor, en un ataque de locura lúcida, se ha fijado a sí mismo una serie de reglas únicas que tiene que observar, ciertos obstáculos de pesadilla que tiene que superar, con el entusiasmo de una deidad que estuviera construyendo un mundo vivo a partir de los ingredientes más inverosímiles: rocas, y carbón, y ciegas palpitaciones.

¿Sueña con mariposas?

Una vez, estuve bajo los efectos del éter durante una apendicetomía, y con la viveza de una calcomanía pude verme a mí mismo en traje de marinero colocando sobre una tabla el recién aparecido pequeño pavón de noche, de acuerdo con las instrucciones de una dama china que yo sabía que era mi madre.

Todo estaba allí, brillantemente reproducido en mi sueño, mientras mis partes vitales quedaban expuestas: el empapado algodón absorbente, frío como el hielo, apretado contra la cabeza lemuroide del insecto; los espasmos cada vez menos intensos de su cuerpo; el satisfactorio crujido que producía el alfiler al penetrar en la dura corteza de su tórax; la cuidadosa inserción de la punta del alfiler en el surco forrado de corcho de la tabla de secado; la disposición simétrica de las gruesas alas venosas bajo, fijadas a tiras de papel semitransparente.
En qué idioma piensa.

- No pienso en ningún idioma, pienso en imágenes.

El idioma ruso.

-En la lengua de mis antepasados me siento perfectamente cómodo.
El inglés.

-El inglés lo supera como instrumento de trabajo. Lo supera en riqueza, en riqueza de matices, en prosa delirante El idioma inglés una procesión de niñeras e institutrices inglesas viene a mi encuentro cuando vuelvo a mi pasado. A los tres años hablaba mejor el inglés que el ruso.

El francés.

-El francés, o mejor dicho, mi francés, que es una cosa muy especial, no se doblega tan bien al suplicio de mi imaginación. Su sintaxis me impide ciertas libertades que me tomo con las otras dos lenguas Aprendía el francés a los 6 años, con la institutriz, Mademoiselle Cecil Miotton, e inicie la lectura de "Los miserables".

Mi cabeza piensa en Inglés, mi corazón en ruso, pero mi el oído prefiere el francés.
¿Le es fácil escribir en cualquiera de los tres idiomas que domina?

-La transición de una lengua a otra como el lento viaje nocturno de un pueblo a otro con tan sólo una vela para iluminarse. Hoy soy un escritor norteamericano, nacido en Rusia y educado en Inglaterra.
¿Cómo es el proceso de imaginar un problema de ajedrez?

- Con frecuencia, en la amistosa mitad del día, en los márgenes de alguna ocupación trivial, en la ociosa estela de un pensamiento pasajero, sentía, sin previo aviso, una punzada de placer mental al notar que se abría en mi cerebro con un estallido, el brote de un problema de ajedrez, prometiéndome así una noche de trabajo y felicidad.
A veces era una manera de combinar un raro dispositivo estratégico con una rara línea defensiva; otras, el vislumbre de la configuración definitiva de las piezas que traduciría, con humor y gracia, un tema difícil que hasta entonces había desesperado de ser capaz de expresar; o podía ser un simple ademán hecho en medio de mi mente por las diversas unidades de fuerza representadas por los trebejos, algo así como una veloz pantomima, que me sugería nuevas armonías y nuevos enfrentamientos; fuera lo que fuese, pertenecía a un orden especialmente estimulante de sensaciones.

Lo único que tengo en contra de todo eso hoy en día es que la maníaca manipulación de figuras esculpidas, o de sus equivalentes mentales, durante mis años más entusiastas y prolíficos, engulló una importante parte del tiempo que hubiese podido dedicar a las aventuras verbales.




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